LA RUTINA DE LOS PAYASOS

Recordé este texto que tenía inconcluso y que también forma parte de un librito, aún en etapa de corrección, a raíz de un debate en Facebook. Si bien no es exactamente la misma discusión, creo que tiene puntos en común.


Me voy a referir al quehacer literario, pero creo que esto debe suceder en la mayoría de las artes.

Resulta que es común suponer, que se puede escribir aspirando a desarrollar una actividad como escritor/a, sin tener que leer a otres, sin tener que conocer qué se ha hecho hasta el momento. Que no es importante para escribir (literatura) saber sobre estructuras, sobre procedimientos, recursos, (cuando digo “saber” no me refiero solo al estudio formal, sino a cualquier tipo de formación en el área, que puede ser solo la lectura: colectiva, crítica e individual, que incluiría la lectura de reseñas, de críticas, escuchar opiniones, compartir pareceres, escuchar charlas, ver películas, participar de la actividad cultural: local, regional, nacional, mundial)

Parece ser que, para algunes, escribir (siempre me refiero a la escritura literaria, en tanto oficio creativo) simplemente es dejar que pensamientos y sentimientos fluyan, sin más, sin plan ni proyecto, y que por tanto esto no puede ser objetado, por ser el resultado de algo personal y legítimo.

Muy cercana a esta postura suele estar la idea de que se rompen límites, que se transgrede la literatura, que se les da la espalda a ciertas formas viejas.

El asunto es que, en realidad, para poder transgredir, para correr los límites, hay que conocer cuáles son. Tan sencillo como eso. Si quiero escapar de un lugar debo saber dónde termina ese lugar, cuáles son las vallas, las fronteras que me separan de lo otro.

Por supuesto, como en todo, seguro hay excepciones. Conozco uno o dos casos, que, desde la intuición, desde una lectura especial de la vida, han logrado un importante crecimiento artístico, sin co


nocer demasiado sobre técnicas, ni artistas. Pero son eso, excepciones, no son la regla. Aun así, estoy casi seguro que de investigar un poco podríamos rastrear en estos prodigios, la raíz de su conocimiento, y es muy probable que existan, además de su permeablibilidad y capacidad artística, influencias y fuentes que permitieron ese desarrollo.


Cortázar decía que: “Nadie puede pretender que los cuentos sólo deban escribirse luego de conocer sus leyes. En primer lugar, no hay tales leyes; a lo sumo cabe hablar de puntos de vista, de ciertas constantes que dan una estructura a ese género tan poco encasillable”. Algo a lo que adhiero, pero no decía que no sea necesario leer cuentos, sino que habla de la libertad de ese género y, a la vez, establece parámetros: “puntos de vista”, “ciertas constantes” y “estructura”


Entonces, no podemos fundamentar sobre posibles excepciones. La regla es que, si no conocemos caemos en el error de creer que estamos inventando algo que ya existe hace años. O de no darnos cuenta de que aquello que escribimos está falto de trabajo literario. Esto no es una cuestión generacional, (conservadores generacionistas abstenerse) ha ocurrido siempre y ocurre en todas las edades.


Voy a tratar de explicarme mejor con una analogía, que no es muy original tampoco (como casi nada).


Pensemos por un momento en los payasos. Más precisamente en una rutina clásica de payasos.

Esta rutina la llevan adelante tres payasos con patines. Es simple: dos patinan maravillosamente y el tercero apenas se mantiene en pie. Se supone que aquellos dos deben enseñarle.

El acto es gracioso: el payaso que no sabe patinar se abre de piernas, se tambalea, toma mucha velocidad, luego apenas si se mueve, mientras los otros lo toman de los brazos, tratan de darle impulso y este no logra hacer equilibrio. Da la sensación que no tiene el control de sus movimientos.



Aquí viene el asunto: Uno puede suponer que el payaso no sabe patinar, pero en verdad esto no puede ser así. El payaso torpe, que patina tan mal, jamás se cae, siempre parece que va a caer, siempre a punto de, se inclina tanto hacia adelante y hacia atrás que llega a formar ángulos de 45°, pero no, no se cae. La respuesta: el payaso sabe patinar tan bien o mejor que los otros.



Es imposible que se mantenga de pie en esa forma, sin una práctica y un ejercicio minucioso, sin un entrenamiento exhaustivo. Es una rutina milimétricamente estudiada, nada azarosa. Como lo hacían Chaplin, Buster Keaton y también Cantinflas.


En conclusión, para hacer las cosas prolijamente mal, de manera planificada, hay que saber hacerlas muy bien. Dar la sensación de la falta de control, requiere de un gran control. Si queremos romper las reglas tenemos que saber cuáles son ellas y haberlas cumplido, para saber qué y cómo se deben romper esas reglas.

La única manera de saber cómo hacerlas “mal” es tener el conocimiento de cómo es hacerlas bien. Entonces, se puede hacer arte que transgreda, porque así se evidencia una intencionalidad. En definitiva, podemos llegar a ser como ese payaso, lograr una rutina como la de él, un trabajo perfectamente “mal hecho”.

De otra forma solo es el resultado de la ignorancia, camuflado de una falsa rebeldía o desdén.


Lejos estoy de reivindicar el canon, aplaudo la trasgresión, como lector busco escritores/as que propongan rupturas, pero eso no me lleva a pensar que vale todo.



Esto tampoco es una defensa de los clásicos, para nada. Muchos de esos llamados clásicos (una categoría poco clara por otra parte), ya no son leídos como literatura, sino como objetos de museo o como monumentos.

Hay que derribar (o al menos cuestionar) el canon occidental y el rioplatense, correr los límites, destruir las estructuras ya osificadas, y para eso hay que estar muy bien preparados, para proponer, para saber contra qué se lucha, para patinar “mal, muy mal”.

Insisto, creo que es necesario plantearse y problematizar este abismo entre el “vale todo” y el canon occidental eurocentrista. Porque si no, corremos el riesgo de defender extremos demasiado ilusorios, que no incomodan a nadie. Todo queda en sentencias que prepean, sin posturas fundadas. Francotiradores que opinan desde la holgada comodidad de las dicotomías, que no son más que construcciones ociosas. O producto de ociosas mentes.






¿Y la libertad del arte?


Pues toda, toda la posibilidad de experimentar, en el más amplio sentido de la palabra, experimentar lecturas, distintas, nuevas, experimentar con la escritura, patinar casi cayéndose, despatarrarse, divertirse, probar formas y mezclas, salirse sobre todo de las ataduras de los géneros. Toda la libertad, pero libertad consciente, de quien sabe que busca liberarse porque conoce las ataduras. Cuanto mejor manejemos el material con el que hacemos arte, más posibilidades de libertad tendremos. Si toco la guitarra, pero conozco apenas un conjunto de acordes, poco podré experimentar, con ese pobre conocimiento.

Lo digo de otra manera: al formarnos como escritores/lectores, seremos más capaces de ser libres, más capaces de que el resultado de la experimentación se convierta en una ruptura, un corrimiento de límites real, y no el efímero berrinche del desconocimiento.

Lo digo de otra manera: pensemos en pintores como Picasso o Dalí, miremos todo su recorrido, que evidencia que para que uno llegara al cubismo y el otro a las maravillosas formas del surrealismo que creó, tuvieron que aprender, estudiar técnicas, perspectivas, pintar como realistas, como clásicos…



Nota final y muy larga


Hay que defender la literatura y más aún a la poesía; defender el oficio de escritor/a, como cualquier oficio, como el del albañil, el del músico, el del carpintero, el del luthier. Los oficios son complejos llevan formación trabajo y creatividad.

Cuando todo vale, es que nada vale. En el arte es necesario valorar, sostener un espíritu crítico (siempre abierto a los cambios), argumentar sobre lo que nos parece mejor, o mejor logrado. (En un contexto determinado, con criterios que son variables, por supuesto) Lo hacemos naturalmente con el cine, con la música, con la fotografía y la pintura, pero cuando es el turno de las letras, nos agarra una especie de prurito, porque son los sentimientos de algunes y su forma de expresarse, y vale porque lo pudo decir, y vale porque es suyo, y es legítimo y porque coso. Estaría de acuerdo con todo aquello, pero tal vez eso no sea suficiente para que se convierta en una obra. Si alguien me comparte un poema/cuento propio y me pide opinión, criticaré/valorare el texto, no la profundidad de sus sentimientos o la calidad de sus pensamientos. Valoraré el cómo logró, de manera artística, expresar pensamientos y/o sentimientos, o los juegos del lenguaje que produjo, o el uso mismo del lenguaje, incluso el trabajo con el/los tema/s, las relaciones que se pueden establecer, los posibles sentidos sobre los que trabaja, o lo que surge de la lectura de la obra, etc.

Es decir, el cómo uso el material con el que hacemos literatura. Del mismo modo que podría valorar la combinación de sonidos, acordes o notas de un músico, el modo de tocar un instrumento, de interpretar una obra. Y no hay que ser hipócritas, todos criticamos lo que hace una banda o un músico que consideramos mediocre, como también criticamos una mala actuación, una película, etc. (aunque no seamos ni músicos, ni directores/as de cine, ni actores o actrices).

¿Entonces qué pasa con la literatura, con la poesía?

Si las consideramos arte defendámosla como tal, porque cuando todo vale, nada vale.



Ezequiel Murphy

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