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Escenas de un mundo atópico

Frente al espejo se peina su cabello, que supo ser una melena abundante de la que estar orgulloso. Ahora, con intensos movimientos intenta esconder las canas que no dejan de asomar y con la ayuda de un gel logra darle algo de fuerza a los mechones marchitos.

Unos quejidos llaman su atención, son llantos de bebés, agónicos lamentos que por un segundo lo distrae. Se queda inmóvil porque reconoce la fuente de esos sonidos, provienen de la pantalla de la sala, la que está casi siempre encendida. Son las noticias. Ensaya un rugido frente al espejo, enseña su dentadura podrida, pero el reflejo que ve es otro: se ve adornado con una corona de laureles en la cabeza, ve largos colmillos y un rostro sin arrugas. Se felicita.

“Las voces” se despiertan y lo sacan de su ritual diario. Se llama a sí mismo rey y va a la sala para mirar la pantalla; el titular habla de tres recién nacidos más abandonados en un descampado, dos ya murieron, el otro agoniza y es filmado hasta que exhala su último suspiro.

Está contento, su visión parece concretarse en esa escena, la gente tiene la libertad de morir cuando quiera y de deshacerse de sus hijos si no puede alimentarlos. A la macabra noticia la narra una periodista insípida con un tono de voz neutro, que no expresa ninguna emoción en particular.

Su gato Rolan le lame la mano, está viejo el gato, camina con dificultad y tiene en todo su cuerpo manchones sin pelo. Solo puede comer alimento humedecido con leche.

Vuelve a mirar el celular, no tiene mensajes nuevos. De reojo ve en la pantalla un edificio destruido y en una de sus paredes aparece su nombre, se hincha aún más de un forzado orgullo.

Decide esperar sentado en el sillón a que lo busquen para alguna reunión o bien que lo llamen los medios. Esa idea lo inquieta, tiene que saber qué decir, entonces se apura a improvisar un discurso: escribe de manera caótica frases sueltas e incoherentes con las que llena una hoja y sigue con otra. La computadora ya no anda, por eso le queda el papel. Tal vez después le diga a su secretaría que lo tipee todo.

Cuando cree que ha terminado, mira a la distancia su trabajo y ríe a carcajadas de satisfacción.

Se duerme sentado en el sillón con las hojas en la mano, cuando despierta están arrugadas y humedecidas por la transpiración. Es de noche, no sabe bien qué hora es. No tiene hambre, ya no tiene sueño.

Se pone su mejor traje, está sucio, roto en los codos y ajado. – Hoy es la cena con los empresarios, tengo que estar listo. Dice en voz alta. Agarra su discurso, lo dobla en varias partes y lo guarda en el bolsillo interno.

Se queda mirando la pantalla, tiene solo tres señales para ver. En ese estado se le pasan varios minutos de nada, minutos que se convierten en horas. Lo que ve es la “señal 3”, que es una secuencia de imágenes de cámaras de seguridad distribuidas por la ciudad.

Sale de esa quietud de repente y es que un escalofrío le recorre como un rayo su curvada espalda. Hay un vaso en una mesita ratona, tiene algo de agua, él lo toma y bebe un brevísimo sorbo, saca un marcador del bolsillo y hace una nueva marquita. Deja el vaso y se dirige a lo que él llama: “su galería”. Allí hay un cuadro y dos fotos de tamaño considerable.

El cuadro es de una señora, de gesto duro y mirada fuerte, una señora de unos 60 años que tiene un casco militar y porta un fal que apunta hacia arriba.

Una de las fotos es el retrato del General Vissera. Aunque es solo el busto se puede ver claramente que lleva su uniforme y hasta se distinguen sus condecoraciones. El hombre muestra su tupido bigote, una nariz ganchuda y pómulos muy prominentes. Es una fotografía más nueva, ya que en su juventud el general tenía una cara redondeada y fofa.

Con él entabla esta vez la conversación, la otra foto también es un retrato, pero pertenece a un familiar.

-          ¿Usted alguna vez fue al zoológico general?, yo solamente una vez. Tendría digamos unos diez años. Casi lo único de lo que me acuerdo, o sea, digamos, la imagen nítida que conservo es la de un león enjaulado. Se movía todo el tiempo en un espacio muy chico, es decir uno reducido, así ¿vio? Bueno ya no hay zoológicos, o sea sí hay, pero no hay más animales, los que quedaron están todos muertos, adentro de sus jaulas y recintos. Ya deben ser huesos nomás. Antes era podredumbre. La gente digamos bueno se quejaba de eso. Bueno de todo se quejaba, todavía se queja supongo yo ya no escucho.

 

Durante todo el diálogo permanece parado en posición de firme, lo que aumenta la visión de una figura flácida, encorvada y con una cara hinchada que desborda. De manera abrupta da por terminado el diálogo.

 

-          Disculpe general yo ya me retiro, nos veremos en otra ocasión, que tenga lugar en mi agenda.

 

Con paso dubitativo y lento se va hasta la mesa, pasa previamente por la heladera y de allí saca dos envases plásticos al vacío con alimentos ultra procesados. Uno contiene una pasta azul verdosa y otro, un poco más pequeño, unas pequeñas esferas marrones.

Se sienta a comer sin entusiasmo ni gusto, de manera automática. En ese momento vuelven a su mente las imágenes de los bebés muertos en la calle y piensa si todos los cadáveres se descomponen igual. – “No debe ser igual un cuerpo viejo que ya tiene un deterioro, que uno joven”.

Se queda dormido sobre la mesa, con la comida a medio terminar, al despertar una mancha amarillenta tiña su pantalón, nuevamente se ha orinado encima. Ya no se alarma, lo normaliza y ni siquiera se cambia.

Se levanta con dificultad y camina lento hacia una ventana, mira a través de ella, pero inútilmente, porque “la ventana”, no es más que un rectángulo mínimo de 40 cm x 40 cm, totalmente bloqueado por ladrillos. Alguna vez él había pedido que la tapiaran, ya no recuerda el motivo.

De pronto produce un extraño grito y en voz alta los nombra, como invocándolos:

- ¿Dónde están “ellos”? “Ellos”, … hace tiempo que no vienen, ¿dónde están?, ¿por qué no llaman?, ¿y “ellos”?, ¿Qué pasa con la luz? ¿Quién apaga la luz? Deben ser “ellos” que llegan, me prometieron cosas, tantas cosas, no, no están, hoy no pudieron venir, calor hace digo, eso parece si, Dios los trae después seguro sí, claro. Dios.

Su cara es un conjunto de muecas y tics difíciles de describir, un manojo de gestos como activados por impulsos eléctricos. Su lenguaje es caótico y muestra sus desvaríos.

 

Por momentos pierde la noción del tiempo, a veces solamente de las horas del día, otras del mes y el año en el que está. Lo concreto es que el tiempo ha transcurrido sin pausa y sin grietas. Curiosamente, cuando advierte que no recuerda ni qué día es, piensa en su muerte. Aunque más curioso es que sea consciente de que es mortal, como todos. Sabe que ya no quedan funerarias en la región, todas se fundieron. No es que falten clientes, eso es obvio, lo que sucede es que la prioridad es comer algo y la muerte no mejora con un entierro digno.

Al principio la voluntad de la gente sostuvo la falta de funerarias, la comunidad colaboraba para llevar los cuerpos al cementerio, hacer el pozo, una breve ceremonia y tapar con tierra. Después se fue haciendo más difícil porque al no haber nadie que pagara el servicio también quebraron los cementerios. Por último, también se quebró la voluntad de las y los vecinos, y los cadáveres se acumulaban en algunos puntos dispersos en la ciudad. Apenas tapados por algo de tierra, escombros o un resto de chapa, también en “el pozo.”

Aunque desconoce todo esto, él sabe de su muerte y sabe que no hay empresas que se dediquen a los velorios y a los entierros. Omite esta parte y planea en su mente un gran homenaje y un larguísimo cortejo.

 

Vuelve a su “galería”, ahora mira el cuadro y le habla.

-          Señora ¿Cómo está?, vengo a molestarla un momento, sé que está ocupada, lo siento, si entiendo todo, bueno, son sus ocupaciones digamos como las mías, no bueno o sea sé qué más importantes. Yo solo le venía a pedir una opinión. ¿Sabe que la otra noche tuve un sueño? ¿Usted todavía sueña?, yo a veces. Le cuento y me dice qué le parece, si es que tiene alguna interpretación, digamos un significado.

Resulta que estaba con varias personas en un campo que olía a eso, a campo a verde, a aire después de la lluvia. En un momento nos invadió un aroma diferente. Un aroma a carne asada, recién asada. De manera sincronizada giramos nuestras cabezas 360 ° en busca del origen de ese hipnótico sabor.

En ese momento apareció un cerdo. Era un cerdo mediano, manso, que caminaba lentamente por el pasto tierno con los ojos extraviados. No tenía pelaje. Su piel estaba dorada, de ambos lados. Un vapor errático emanaba de todo su cuerpo. Se acercaba a nosotros y el olor a asado se hacía más fuerte. Cuando ya solo estuvo a centímetros nuestro notamos que era un cerdo ya cocido, asado, estaba completamente asado y con vida aún. Se detuvo, no manifestaba dolor, solo molestia o resignación.

Alguien se atrevió a tocarlo y no pudo resistir la tentación de pellizcar su carne. Algunas fibras se desprendieron y ese alguien se las llevó a la boca con deleite.

Todos imitamos la acción, primero con timidez y luego sin reparo alguno hasta mordíamos directamente la carne. Solo cuando le quitaron las costillas el cerdo se quejó un poco. Éramos tantos que, en menos de media hora del animal solo quedaron los huesos.

¿Y? ¿Qué le parece?

 

Imagina una respuesta, sin decir más se desplaza de costado hasta llegar a la foto, no a la del general, la otra, la de su tía abuela, primero agacha la cabeza y luego le besa la frente a la imagen, para cerrar el encuentro con un puñetazo en la cara de la vieja. Con los nudillos ensangrentados vuelve a la sala.

Mira a su alrededor, ahora su mandíbula se desencaja, aprieta los dientes y se corta el labio. Toma un marcador grueso con el que escribe convulsivamente en las paredes mensajes de 280 caracteres que cuenta con obsesivo cuidado.

Escribe, escribe, grita y se toma la cabeza, llena todas las paredes con mensajes, casi todos dicen más o menos lo mismo. Tira el marcador y empieza a girar, hasta que cae desmayado y golpea su cabeza contra el suelo, un camino de sangre se deja ver en el piso.

A las horas recupera momentáneamente la conciencia, pero no logra incorporarse, vuelve a desmayarse. Pasan dos días en los que despierta, hace breves movimientos y pierde la conciencia. Finalmente muere.

 

La naturaleza no espera y su cuerpo comienza activar los procesos químicos propios de la muerte. No tarda en adquirir el rigor mortis. Los días transcurren y con ellos la descomposición: se hincha y la piel se estira como un globo, para pasar a la putrefacción activa, y después a la putrefacción avanzada. A las dos semanas, el hedor es insoportable dado el alto grado de descomposición. Por eso mismo, por el olor que fluye hacia afuera, alguien del exterior alerta a “ellos”, que envían a dos hombres para hacer el trabajo. Estos abren la puerta con las llaves e ingresan con máscaras al lugar, allí se encuentran con el cuerpo y los mensajes, con las imágenes, con suciedad de meses y un terrible desorden. La pantalla está prendida.

Los hombres lo meten en una bolsa negra, que cierran con un precinto y lo suben a una camioneta junto a otros cuerpos. Luego de andar una media hora llegan a un descampado en lo alto de una montaña y lo tiran desde un precipicio a una zona que llaman “el pozo”, donde pasa a reunirse con un centenar de cadáveres. En unos años será polvo seco.

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